Paridas felaryanas, página 1

“La Guarida”. Ese lugar que nos es tan familiar como indescriptible. Hogar de anécdotas estúpidas e imán de absurdos de la cultura popular. Al menos el alquiler de las habitaciones salía barato, siempre y cuando pudieras permitirte soporta a una ralea de extraños personajillos.

Eso lo sabía bastante bien Fëadraug Turmellyrn II… aunque nadie le llamaba así, y menos por el “segundo”. Fëadraug Turmellyrn era un trabalenguas élfico para el común de los mortales, así que respondía también cada vez que le llamaban Draug, o elfo. No tenía problemas con que le llamaran simplemente elfo. A fin de cuentas, era el único, tras años lejos de su mundo, en nuestra realidad.

Pues el buen Draug en estos momentos seguía leyendo uno de sus libros bajo la luz de la lámpara de la habitación, esa habitación que compartía con Carlos y con Mordekaim. El primero hacía cinco meses que se había ido a Suecia a estudiar como parte del programa Erasmus, mientras que el fanpiro estaba en el salón de “La Guarida”, viendo una película de los hermanos Marx junto al robot soldado de limpieza, Monty Pantheon.

Al menos así, Draug podía estar tranquilo mientras leía y sus compañeros de habitación no estaban allí. La verdad es que algunos aspectos de esos dos le incomodaban. De Carlos no soportaba que estudiara en voz baja (y el sensible oído de Fëadraug sufría) y que roncara por las noches cuando se resfriaba (por mucho que Carlos lo negara), aparte de que no era una visión agradable. Y Morde… bueno, de Morde básicamente no le gustaba su hábito nocturno de leer tebeos en el cuarto, dejando la luz encendida, con lo que los demás no podían dormir hasta que lo echaran a empujones. A veces, incluso a patadas.

De pronto, su concentración se vio rota cuando oyó que alguien llamaba a la puerta de la habitación. El elfo silvano se levantó de la silla, dejando un bolígrafo entre las páginas que estaba leyendo, y abrió la puerta. Frente a él se encontraba una mujer de larga cabellera castaña, ojos rojos y dos marcas atigradas a cada lado de su cara. Ya de por sí era un aspecto de humana poco corriente, lo que era una equivocación: ni siquiera era humana. Al menos, como Reploide de un tiempo futuro que ahora vestía elegantemente, al menos a juicio del elfo, se esforzaba bastante en parecer lo menos artificial posible.

– ¿Va todo bien, Draug? – preguntó ella.

– Perfecto, Sekhmet, todo perfecto – respondió Fëadraug -. ¿Necesitas algo?

– No, sólo venía a preguntar… Además, quería avisarte de que voy a salir un rato, así que como Clara todavía no ha vuelto y de Yaiba no me fío un pelo, ahora tú estás al cargo de la casa.

Estar al cargo de un fanpiro, un robot y un samurai corrupto no era el plan que tenía el elfo para esa noche. Y menos uno agradable. Solo deseaba que la pelirroja volviera pronto a casa.

– ¿Qué hay de Sacmis y Pymie?

– Han salido a dar una vuelta. De todos modos, si de Yaiba no me fío, de Sacmis mucho menos. Y sé que trataría de manipular a Pymie en su favor – Sek se detuvo un momento y miró a su reloj, para luego volver a mirar al elfo -. Bueno, espero que esto no sea demasiada responsabilidad para ti.

– En absoluto. En mi mundo, al que espero volver algún día – lo remarcó bastante -, tuve que hacer bastantes veces de líder, así que…

Sek simplemente asintió.

– A ver si es verdad y esas habilidades de líder te ayudan a manejar la situación y no pasa nada grave mientras no estoy… Venga, ¡hasta ahora!

– Hasta luego – dijo Fëadraug mientras volvía a cerrar la puerta, viendo a Sekhmet marcharse.

Sekhmet sabía que Draug le estaba mintiendo cuando dijo que no había problema cuidando de la casa, pero le estaba siguiendo el juego al elfo. A fin de cuentas, sí era cierto que en Daron, su mundo de origen, había llegado a ser un héroe reconocido y no pocas veces había tenido que enfrentarse a la responsabilidades de un líder. Claro que nunca había liderado a estos locos con los que ahora convivía. Echaba de menos a la gente normal (Sekhmet no contaba para el cómputo).

Retomando la lectura, Fëadraug seguía examinando los textos que tenía delante. La magia relacionada con la apertura de portales siempre había sido difícil y a Draug le frustraba que gran parte de los libros sobre magia y sobre otras dimensiones que había leído no fuesen más que bobadas, una detrás de otra. Se olía que algo escrito por un tal Benito Camela no iba a ser de utilidad y menos algo fiable.

Sin embargo, siempre había encontrado algún que otro pasaje o ejemplar genuino, como el que estaba leyendo y que había tomado prestado de la biblioteca municipal.

Era repetirse a sí mismo una obviedad, pero sí, tantas lecturas sobre portales dimensionales y viajes a otros mundos solo remarcaban lo mucho que Fëadraug añoraba Daron. Allí había vivido toda clase de aventuras, conocido a mucha gente, se había casado y tenido una hija preciosa. Y ahora, todo aquello quedaba lejano, muy lejano.

El Ente, una temible criatura que se movía entre Universos, había amenazado con destruir Daron, pero finalmente, con el sacrificio del propio Draug, consiguió expulsarlo para siempre de allí.

Pero tras aquel incidente, Fëadraug había quedado separado de su mundo, de sus raíces. Y llevaba dos años en esta otra realidad, tratando de conseguir la forma de volver. Por supuesto, había tenido toda clase de vivencias allí, incluyendo una plaga de monstruos tentaculares en los retretes del edificio o que Lobo, el Último Czarniano, reputado y ultra-violento cazarrecompensas espacial, como vecino y seguir con vida. Pero no se podían comparar con los buenos tiempos daronianos…

De pronto, sus ojos captaron algo que le pareció realmente interesante. Tenía pinta de ser un conjuro muy poderoso para abrir portales dimensionales que conectaran con cualquier mundo del Multiverso. Sin embargo, necesitaba un lugar cargado de magia o, en su defecto, de energía negativa. Muy negativa.

Fëadraug sabía que lugares cargados de magia no eran comunes en este ‘mundo real’ en el que se encontraba ahora. Pero sí sabía a dónde debía dirigirse para encontrar una gran concentración de energía negativa, aunque no sabía si era la elección correcta…

Calma. Silencio. Era todo lo que necesitaba y lo que en aquel momento le ayuda a meditar. La armonía de la quietud le acercaba a la verdad del Multiverso, a la Iluminación que ansiaba. Al poder que, según él, podría hacer aún más poderoso a su Señor Oscuro… pero, sobre todo, que le llevaría a un nivel superior al resto de la Creación.

Pero dos cosas lo distrajeron. La imagen de aquella joven de pelo oscuro y ojos rubí, que le miraba y esperaba. Lo otro era un montón de golpes en la puerta.

Daigotsu Yaiba salió de su trance, abriendo sus ojos rojos y llenos de ira, y se levantó muy molesto, cogiendo su daisho y preparándose para ensartar a su molesto visitante. Abrió la puerta con cuidado y rápidamente llevó la mano derecha a la empuñadura de su katana, desenvainándola y apuntando con ella a Fëadraug, que estaba a escasos centímetros de la punta de la espada.

Yaiba suspiró molesto, y volvió a meter la espada en su funda. Si hubiese sido Monty, el final habría sido bien diferente.

– ¿Qué es lo que quieres, elfo? – preguntó el samurai corrupto, echándose el pelo gris ceniza hacia atrás, revelando los cuatro pequeños cuernos sobre su frente -. Y que sea rápido o esta noche cenaremos intestinos élficos.

– Yaiba, ¿podría utilizar tu cuarto un momento, por favor? Tengo algo importante que hacer y pensaba que tú…

El samurai respondió con un portazo que casi le aplana la cara a Draug, si no fuera porque el elfo dio un paso hacia atrás a tiempo. Aun sabiendo de la falta de (buena) educación de Yaiba, volvió a llamar. El recibimiento de Yaiba fue idéntico al anterior.

– Creo que he sido lo suficientemente claro y directo, elfo – Yaiba acercó un poco más la katana -. ¿O es que tienes tantas ganas de morir como yo ahora mismo de matarte?

No dejándose intimidar, Fëadraug alzó el libro justo entre sí mismo y la katana.

– Lo que tengo que hacer podría conseguir que yo volviese a mi mundo, Yaiba – Fëadraug respondió tratando de mantener la calma.

– Eso quiere decir que si sale bien nos libraremos de ti… – Yaiba se quedó en el marco de la puerta pensando en la posibilidad durante unos instantes hasta que finalmente bajó la espada -. Muy bien, elfo. Te doy cinco minutos y eso que no me pillas muy a malas.

– El sortilegio necesita como mínimo un cuarto de hora, y…

– Diez minutos, y estoy siendo excesivamente amable.

– ¿Qué tal quince?

– ¿Qué tal si te saco las tripas, elfo? – remarcó el samurai, apuntando al cuello de Draug con la katana por tercera vez.

Fëadraug sostuvo el libro y pensó en la oferta de Yaiba… también pensó en que el manejo de las armas del que hacía gala el samurai era muy destacable. Y en que ni tan siquiera un elfo podría vivir sin sus entrañas en su sitio.

– Err… ¡Hecho! Bueno… por cinco minutos menos creo que no pasará nada – murmuró Draug, aceptando la realidad -. En fin… ¡Vamos al tajo!

La puerta de “La Guarida” se abrió, dejando entrar a dos personas. Una de ellas era un universitario enclenque con gafas, pelo oscuro revuelto y una pequeña perilla, mientras la otra era una muchacha mucho más alta que él (y que varios habitantes del edificio), de ojos azules y largo pelo anaranjado, vistiendo un ajustado traje azul y negro y dos grandes pendientes redondos de verde jade. La chica suspiró, aliviada de volver a casa al fin, aunque al ver a su compañero el alivio se esfumó.

– Creí que te volverías a casa, Lucas – dijo ella.

– Bueno, Clara, no me voy a quedar solo con Oume – admitió Lucas, volviéndose hacia la puerta aún abierta, fijándose en la puerta con “2º B” a su lado -. Esa vieja me da escalofríos.

– Y yo vivo con ocho personas que dan aún más escalofríos que una vieja chocha que sabe kung-fu – le replicó Clara -. Creo que te estás pasando un poco con esto de seguirme a todas partes, incluso cuando peleo contra bichos gigantes.

– ¿Hoy también? – dijo una voz robótica, mientras Monty, el Pantheon de limpieza, se acercaba a ambos -. ¿Y lo sacarán en las noticias? – el robot, sin esperar respuesta, se volvió hacia el sofá de donde había venido, donde el fanpiro narizón aún estaba viendo la película -. ¡Morde, pon las noticias, que va a salir Clara peleando contra un bicho gigante!

Clara cerró la puerta de golpe en un vano intento de liberar tensión. Primero Lucas siguiéndola hasta casa y ahora Monty y Morde tomándose a cachondeo la batalla que seguramente iban a retransmitir íntegra en las noticias…

Y es que la vida de una superheroína semigiganta, capaz de crecer hasta 15 metros de alto para luchar contra amenazas gigantescas, es una vida muy dura. Pero para Clara, era peor ya que su mejor amigo (aunque no lo parezca), Lucas, resultaba ser macrofílico. Una fantasía inocente que, en el caso de Lucas, llegaba hasta casi la perversión.

Pero en el fondo, Clara no podía culpar mucho a Lucas, aunque estaba cansada de que últimamente estuviera más obsesivo de lo habitual.

– ¿Y los demás? – preguntó al fin la pelirroja heroína.

– Sac, Pymie y Sek están fuera – respondió Morde, que no había dicho aún palabra -. Draug y Yaiba están en sus respectivos cuartos, pero me imagino que pronto saldrán del armario y aprovecharán para magrearse.

– De Yaiba no me lo espero, pero no me extrañaría que Draug se le insinuase – Clara continuó la broma -. En fin, yo creo que me voy a la cama, que ha sido agotador y… bueno, ya lo veréis en las noticias – esto último lo añadió bastante molesta -. ¡Buenas noches!

Monty y Morde se despidieron de ella mientras aún esperaban a que terminaran las noticias de economía para ver si ponían la noticia sobre Clara. Lucas, mientras tanto, aprovechó para seguir sigilosamente a Clara por el pasillo.

Mientras andaba por el pasillo, a Clara le resultó extraño que la puerta del cuarto de Yaiba, adornada con el mon del Clan Araña en blanco, estuviese entrecerrada. El samurai de las Tierras Sombrías siempre se aseguraba de que estuviese cerrada.

Y Clara también vio que la puerta del cuarto de Carlos, Morde y Draug estaba abierta. Esto significaba que…

– Al final va a ser verdad, el elfo es marica y se quiere llevar a la otra acera y al huerto a Yaiba – murmuró ella, mientras se acercaba sigilosamente a la puerta.

Bueno, Clara, no era exactamente eso, pero te lo daremos por válido… por ahora.

Fue en ese momento cuando Lucas, que no se esperaba que Clara fuese a aminorar su marcha tan de pronto, se chocó con ella. Clara se volvió lentamente hacia él. En una situación normal, le habría increpado por haberla seguido, pero ahora no podía hacer eso, así que le pidió con señas que no hiciera ningún ruido.

Mientras se acercaban a la puerta, Clara comenzó a escuchar unas palabras. Reconoció la voz al instante: era Fëadraug y parecía estar recitando. No tardó en sonar también la voz de Yaiba, con un tono de cabreo monumental, diciendo casi en un grito desesperado:

– ¡Termina de una jodida vez!

¿Acaso Draug estaba recitando algún poema para tratar de enamorar a Yaiba y el samurai le obligaba a que terminar ese suplicio? Clara tenía que seguir escuchando… y Lucas también. Así que los dos se apoyaron con cuidado sobre la puerta.

Un destello azul apareció de la nada y salía por la rendija dejada por la puerta entrecerrada. El susto ante la repentina luz hizo que Clara y Lucas perdieran el equilibrio y que la puerta se abriera completamente.

Ambos entonces miraron a Yaiba directamente a los ojos, mientras el samurai tenía su katana otra vez desenvainada. Lucas instintivamente se puso detrás de Clara, pero la semigiganta prefirió dejar de hacer caso a la pose desafiante de Yaiba y mirar a Fëadraug, el cual estaba de pie frente a un remolino de tonalidades azules que no dejaba de dar vueltas. El remolino en sí formaba una figura parecida a un óvalo que no dejaba de brillar. Pequeñas chispas salieron también disparadas del recién abierto portal.

En cierta manera, Clara se llevó un chasco al ver que no era lo que ella creía.

– Ya está… – sentenció Fëadraug, cerrando el libro de golpe -. Está abierto… – sus ojos trataban de contener las lágrimas de emoción, pensando en que pronto volvería a su mundo -. Voy a recoger las cosas…

– ¡Espera! – Yaiba puso la katana frente a Draug, impidiéndole pasar -. ¿Qué garantía hay de que ese… portal te llevará a tu mundo? Si no va a tu mundo, entonces regresarás para volver a intentarlo… ¡yo no puedo permitir eso! ¡No te soportaría más tiempo rondando por aquí!

– Yo…

– Necesitamos probar… – Yaiba entonces se acercó a Lucas y lo agarró de un brazo -. ¡Tú, debilucho, te tocó! ¡Entra ahí dentro y dinos a dónde va!

– ¡Eh, oye, que yo no tengo nada que ver! – exclamaba Lucas, tratando de zafarse.

– Eres prescindible – respondió tajantemente el samurai, pero alguien lo detuvo -. Pelirroja, pensaba que te importaba un comino este debilucho.

– Admito que es un pesado y se está volviendo un pervertido – replicó Clara -, pero no por ello voy a dejar que lo tires a un portal dimensional, primero porque es mi amigo, y segundo porque luego llamarán sus padres a Oume y al final yo cargaré con las culpas.

– Oh, Clara, te preocupas por mí… – Lucas no podía contener la emoción al decirlo. Clara empezaba a arrepentirse de lo que acababa de decir. Pero claro, eran amigos, esto era lo menos que ella podía hacer.

Mientras Clara, Lucas y Yaiba discutían, Draug sigilosamente empezó a salir de la habitación, sólo para notar de pronto una corriente de energía procedente del portal. Algo parecía estar yendo mal…

El elfo se giró de pronto, observando cómo los destellos azules empezaron a volverse rojizos. Fëadraug maldijo por lo bajo, en élfico, y luego exclamó en un perfecto español castizo:

– ¡No, joder, no! ¡Se está desestabilizando! ¡No tenía que haber accedido a tu chantaje, Yaiba, mira lo que has conseguido!

– ¡¿Chantaje?! ¡¿Y me culpas a mí?! – Yaiba soltó a Lucas y comenzó a andar, katana en alto, hacia Draug -. ¡Si te hubieras ido cuando tenías que haberlo hecho, esto no…!

– Chicos – interrumpió Clara -, en vez de discutir por estupideces, ¿no deberíamos tratar de hacer algo con el port…?

La semigiganta no pudo terminar la frase pues un resplando de un rojo intenso alcanzó a los cuatro.

Una cantidad enorme de energía aparecida de la nada era algo que no escapaba a los sensores de un Pantheon de ultimísima tecnología. Ni siquiera para un Pantheon de ultimísima tecnología dedicado a las tareas del hogar.

Terminadas las noticias, Monty se levantó del sofá y comenzó a caminar en dirección al pequeño pasillo que llevaría luego a otro más largo, el pasillo de los dormitorios.

– ¿A dónde vas, Monty? – preguntó obviamente Morde.

– ¿No has sentido esa energía? Venía del cuarto de Yaiba…

– ¿Y cómo sabes que es el cuarto de Yaiba?

Monty se encogió de hombros.

– Es el único al que no puedo entrar a limpiar.

Morde no encontró la lógica a esa afirmación. De hecho, no había lógica alguna, y estamos hablando de un robot. Un robot sin lógica es toda una paradoja, y Monty vivía con ello felizmente. La mente del desquiciado Pantheon adorador de los Monty Python era todo un amalgama de locuras, desde genialidades hasta memeces. Pero sintiendo curiosidad por lo que Monty había dicho, Morde decidió acompañarle.

Llegados ambos al cuarto de Yaiba, lo primero que les extrañó fue que la puerta estuviera abierta. Morde vio que su cuarto también estaba abierto. Lo que les dejó todavía más sorprendidos es que… no había nadie en ninguno de los dormitorios. Y por curiosidad, Monty abrió el cuarto que Sekhmet y Clara compartían, pero la pelirroja heroína no estaba allí. Y por mucho que miraran, no había rastro ni de Draug, ni de Clara, ni de Yaiba ni de las armas de este último: katana, wakizashi y naginata de obsidiana. ¿Cómo podía cargar con tanto el samurai?

Ninguno de los dos pensó en que Lucas también estaría involucrado, para ellos él se había vuelto a su casa… aunque no lo vieron, estaban demasiado pendientes viendo en las noticias cómo Clara zurraba en diferido a un primo cutre de Godzilla.

– Esto es raro… – murmuró Morde, pensativo ante lo ocurrido -. Ninguno está aquí. Es como si de pronto hubiera llegado el Doctor y se los hubiera llevado en su TARDIS por ahí a dar tumbos por el espacio-tiempo mientras nosotros veíamos la tele.

– ¿Doctor? ¿TARDIS?

– Err… No lo entenderías nunca.

Monty se quedó pensativo. Hasta que al final habló:

– Morde, ¿te hace una maratón de Flying Circus?

– Solo si me prometes que esta vez no veremos la cuarta temporada.

Mientras salía de la taberna, que a la vez servía de posada, el hombre se colocaba su capa despreocupadamente, pensando en salir cuanto antes. Le habían dicho que internarse en el Bosque de los Susurros era una estupidez, no sólo por la noche, sino a cualquier hora del día. Era introducirse en los dominios de la Muerte, un suicidio. Pero aquel viajero había preferido ignorar dichas advertencias y allí estaba, dispuesto a seguir lo que ya había planeado.

Un destello que oscilaba entre el azul y el rojo le cegó por unos segundos justo cuando sólo estaba a tres metros de la posada. Se restregó los ojos y observó lo que tenía delante.

Las cuatro figuras yacían inconscientes. Una de ellas era un muchacho no mayor de 20 años y de pelo oscuro, perilla y gafas. Junto a él estaba tumbada una chica bastante alta, de larga cabellera anaranjada y grandes pendientes redondos y verdes. No lejos de ellos había un hombre vestido con ropas típicas de samurai, de color oscuro, junto a una katana desenvainada – el wakizashi seguía en su funda, justo en la cintura del extraño. Y junto a él había una especie de lanza, con la hoja alargada como la de una espada, y negra como la obsidiana. De hecho, era obsidiana.

Pero la figura que llamó especialmente la atención del viajero fue el elfo de cabello castaño recogido en una coleta y que sujetaba un libro de tapas rojas en una de sus manos.

El viajero se agachó y observó el libro durante unos segundos. Luego lo cogió de los dedos del elfo, procurando no despertarlo, y lo hojeó. Miró por encima algunas de las páginas, amarilleadas por el paso del tiempo, y los ojos del viajero se sorprendieron al leer aquello. Lentamente cerró el libro, lo ocultó debajo de la capa y corrió hacia la taberna para avisar sobre los cuatro recién llegados.

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